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LA COMUNIDAD DE LOS HIJOS DE DIOS

 

La Comunidad fundada por el P. Divo Barsotti, presente en Italia y en el extranjero, está formada por sacerdotes y laicos quienes, en sus hogares o en pequeñas casas de vida común, viven unidos a Dios como cristianos en el mundo.
La Comunidad de los hijos de Dios es una familia religiosa que quiere ofrecer la posibilidad de vivir como hijos de la Iglesia y realizar lo que la Iglesia misma realiza: la catolicidad, la universalidad de su misión. Es decir, quiere realizar la unidad entre los hombres sin excluir a nadie, antes bien por el contrario acogiendo a todas las almas de buena voluntad sin oponer dificultad de condición, de edad, de estado de vida. La Comunidad no quiere crear a una élite dentro de la Iglesia, sino que desea cumplir en la Iglesia su catolicidad. Además quiere que sus integrantes vivan el misterio de la adopción filial fundándose en los que desde siempre en la Iglesia son los pilares de la espiritualidad monástica: oración, escucha de la Palabra de Dios, contemplación, vida litúrgica y sacramental.
Los miembros de la Comunidad no se retiran en los yermos, sino que viven como monjes en el mundo, entre los hombres y en la sociedad. Trabajan en las oficinas, los colegios, las fábricas las casas; son hombres y mujeres, jóvenes y ancianos, casados y solteros reunidos en una única familia mediante una consagración por la cual se donan y entregan al Verbo de Dios, a la Virgen Madre y a la Iglesia. Quieren consagrar al Señor toda actividad humana: están al servicio de Dios para ser en cualquier parte testigos de Cristo.
La Comunidad no tiene obras específicas: en cualquier estado social y dondequiera se encuentren sus miembros, su vida quiere ser un testimonio de Cristo, pura transparencia de Dios.
La Comunidad surgió en 1946, bajo la dirección del P. Barsotti quien indicó enseguida un preciso programa: una vida totalmente en la presencia de Dios centrada sobre todo en la oración. Se exigía también una preparación cultural (se recomendaba al menos una hora de estudio por semana), un día de retiro cada mes y un encuentro semanal de grupo. El Padre centraba la vida de la Comunidad en la lectura y meditación de la Sagrada Escritura, en el ejercicio de las virtudes teologales, subrayando la primacía de los valores contemplativos. Así que de inmediato se pusieron los cimientos de la espiritualidad: sencillez y libertad interior, adhesión a las diversas realidades de la vida, entrega total, caridad fraterna, relación íntima con Dios.
Este monacato interiorizado era una verdadera novedad: los valores de la vida contemplativa ya no eran exclusiva de los ermitaños, porque las palabras del Evangelio: “Hay que orar siempre” se dirigen a todos.
Poco a poco la Comunidad fue creciendo: la humilde semilla ahora está haciéndose un árbol grande que quiere echar sus raíces hasta el corazón del mundo. La estructura de la Comunidad se fue esbozando cada vez más claramente, constituyéndose en una familia que abarca varios estados de vida:

No queremos obras, sino el servicio a los hermanos, el humilde testimonio de una caridad sencilla, práctica, fraterna y sentimos la necesidad de afirmar que el amor no puede tener un contenido religioso si un alma no se entrega al Padre celestial. Así que toda la Comunidad se consuma en el acto en el cual Cristo muere en la Cruz. No debemos hacer, sino ser.
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